Vivimos en una sociedad, que calificamos -entre otras cosas-, de CONSUMO. En este sentido somos consumidores de todo tipo de cosas, incluidas las menos materiales e incluso las más espirituales.
Sin entrar en otros temas, también se consume el matrimonio, en los dos sentidos que se me ocurren a primera vista: Es producto de usar y tirar, como los objetos de consumo, y es producto que se acaba, que no se puede renovar, como muchos productos del mercado.
Visto así, es difícil -pero no imposible entender- que el matrimonio sea objeto de consumación, el resultado de un acto de amor que se consuma, que va aumentando, que va mejorando, que se va haciendo pleno, a consecuencia de una elaboración querida y pensada de los dos cónyuges y que necesita del Amor Perfecto que es Dios.
Según este otro modo de entender la vida, el matrimonio nunca se consumiría, es decir, nunca se acabaría, sino que iría aumentando progresivamente con el paso del tiempo adquiriendo la esmerada forma de una obra de arte que continuamente se está perfeccionando a pesar de la limitación de los esposos.
Dios no nos consume, sino que nos consuma. Es el mejor sumando, pues es infinito, y hace que la suma de dos finitudes -los dos esposos- tienda a infinito, como se dice en matemáticas, y por tanto tenga poco que ver con restar, dividir, agotar, acabar, apagar, ... consumir.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
Espero que sigas publicando en este blog con más frecuencia, nos haces parar y pensar un rato. Enhorabuena.
Publicar un comentario